Soy un ciego entre muchos. A veces los paños que llevo en el cuerpo no me dejan mirar donde pisar piedras. A veces me escucho, me despierto por el palpitar irregular de mi propio pulso. Tirita mi colchón, cada vez que una idea se traslada desde mi cerebro a mis manos. A veces no siento el líquido embetunado que pinta la calle. Los lenguajes de los cojos, el que no sabe pararse y se ayuda en un gitano extraño. Otros hablan, escriben poesias de memoria, soplan flautas y se paran frente al altillo multitudinario de un miercoles al medio día. Al mismo tiempo, mas de alguno vende sus chiches y empieza el camino desde temprano. Dos tazas de polvo de leche con un buen pedazo de pan con mantequilla, mezclado con el humo de los escapes del transantiago y el ardor de la falta de sueño cargan desde que se bajan del metro y caminan hasta sus puestos de trabajo.
La plata de sus joyas no dice mucho. Los brillantes pendientes de un lustrabotas bailan de lado a lado mientras se condice con un diarero en uniforme de verde. Todo en mezcla se huele tan extraño, pero a la vez es mi ambiente familiar de ciego. A las cosas no se le puede poner nombre, solamente son lo que todos quieren que sea, y yo ciego o no ciego, entiendo en el lenguaje de las baldosas, la interpretación de las caras, el color de las pieles y en el olor de las calles que por mucho que yo soy ciego aprendí a oir hasta mirar.