Una burbuja debajo del agua una vez dijo algo en un idioma sin nombre que me dejó hasta sin pensar. Nadé junto a ella mucho tiempo, hasta que se volvió a mezclar con el aire. Me subió una tristeza única, que antes nunca habia sentido. Estuve toda la tarde pensando en como convertirme yo en aire y subir a tragarme esa burbuja. Decidí esperar.
Ahí abajo había otras dos, pero discutían entre ellas. Se querían juntar y irse al cielo juntas. Subir aún mas rápido que la otra que ya me había dejado sólo en el mar. Me dieron unas ganas negras de sentarme en alguna piedra a discutir con alguien, hasta que se me acercó una estrella de mar.
Y me dijo otra vez, en un idioma sin nombre algo que me dejó incluso sin pensar. De pronto, comenzó a aletear lento hacia la superficie, que parecía cada vez acercarse más. Al fin, me agarre de uno de sus tentáculos y me entregué al respirar.
Y Subí, sin vértigo. Y Lo primero que ví fueron las olas. Se veían muy raras desde el cielo. Tenían unas formas extrañas, muy distintas a los vacíos que yo veía desde el fondo del mar. Las estrellas no se reflejaban en su fondo. Y supe que de noche no se veían.
Al llegar a la espuma que formaba el fondo del cielo, las olas y el mar apenas se veían como un espejo con arrugas blancas que iban todas zigzageando de una orilla a otra de la tierra. Empezaba ya a poder ver el fondo del cielo frente a mi. Me dio alegría sentir que por un minuto se me iba el aire de nuevo, y que iba a poder respirar agua otra vez. Pero ahí me di cuenta de que en aquella oscuridad no había mas que estrellas. Miles de estrellas de mar que habían traído forajidos intrépidos tomados de sus tentáculos, que se dormían en un calor casi fantasmal.
En su silente sueño me puse a descansar como si estuviese otra vez en el agua. Flotaba de lado a lado de la oscuridad. Pero no había nada mas que silencio. No había asfixia, anzuelos ni mareas. Sólo un solo silencio.
Será este el cielo, le pregunté a mi estrella. Y Esperé una respuesta que duró años luz. Claro que no supo responderme, y lloré por todos los que en el mar había dejado. De pronto, se subió a mi hombro una burbuja que comenzó su discurso en idiomas sin nombre, que hasta incluso me dejaró sin pensar.